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Aug
13
2009
¿Quién les crée? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Javier Loaiza   

1. El problema de la confianza pública

Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión que la confianza es el oro de la política. Y lo es no solo de la política sino de las relaciones interpersonales, uno a uno, uno a varios, grupo a grupo. Sin confianza es prácticamente imposible construir nuevas realidades, desarrollar espacios de cooperación y crecimiento.

Luhman, Fukuyama, Moss Kanter, Drucker, entre otros han publicado obras formidables o desarrollado análisis sobre el tema. Y no es para menos. Se ha vuelto un bien bastante escaso. Quizá sea por las nuevas épocas que vivimos en que en los medios urbanos todos los días nos encontramos y enfrentamos con gentes nuevas y viejas y cada día nos levamos sorpresas cuando descubrimos actitudes, conductas muchas de ellas fundadas en la simulación y la mentira. Lo peor sin estar preparados, sin contar con herramientas útiles como la negociación, siquiera.

Creo que en Latinoamérica tenemos una serie de comunidades construidas sobre la base de la desconfianza. Construimos relaciones de pareja y de familia en medio de la desconfianza; las esposas no confían en sus maridos y viceversa, estos a su vez en los hijos y los muchachos cuestionan la integridad y coherencia de los padres y les pierden la confianza. Hay desconfianza en la escuela, entre los alumnos con sus compañeros, de estos con sus profesores y entre ellos mismos. En el trabajo no se construye confianza entre los compañeros, colegas o camaradas, y mucho menos hacia los jefes o patronos, ni qué decir desde arriba hacia abajo. En la calle, en el restaurante, en el autobús, en el avión, la consigna es no confiar en nadie. Cualquiera te puede embaucar.

Esa generalización, por supuesto, se extrapola y de qué manera a lo público. Partimos de la base que los administradores de lo público son unos aprovechadores, abusadores y corruptos, como regla general. Es tanto que el nuevo que ingresa a la política, así sea con las mejores intenciones, de plano consideramos que más temprano que tarde se va a contagiar y va a adoptar como propios todos los vicios, defectos y errores de la política y el gobierno. No demora en dañarse, en corromperse.

Yehezkel Dror en su formidable obra “Capacidad de Gobernar”, expresa su preocupación porque los mejores no quieren vincularse a la política y ésta termina siendo el refugio de incapaces y avivatos. Afirma que quien está seguro que no va a tener éxito en ninguna otra actividad de la vida humana, se dedica a la política, quien sabe que no va a ser un excelente médico, científico, poeta, empresario, se aprende dos majaderías, se las propone a la gente y ésta vota por ellos para entregarles la responsabilidad de manejar lo público, lo que nos interesa y afecta a todos.

En una entrevista que hace años le hice al exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus, me contaba que cuando pensó en presentarse como candidato y ejercía como rector en la Universidad nacional, algún amigo le llamó para decirle que no cometiera ese error, que si acaso alguien se acuerda como se llamaba el alcalde de Londres cuando Newton publicó su “Principia Mathematica”.

Sin embargo, después de su gobierno, descubrió, afirma, que no todos los políticos son perezosos, corruptos o manipuladores, sino que hay muy buenos, estudiosos y trabajadores y, que incluso, son la mayoría. Que lo que ocurre es que los más malos hacen como el muchacho travieso que, escupe la sopa para que nadie más la pruebe, echarle saliva a las tajadas en la mesa para que nadie más se atreva a acercarse.  “Hay como una lucha por el monopolio de la política por parte de la gente que la maneja de modo tradicional y trata de desanimar y desprestigiar a todo el que se asome”.

Hay pues que trabajar a fondo en reconocer la confianza como el “oro” de la política. Por fortuna hoy existe suficiente material, herramientas, técnicas estudios y conceptos sobre las maneras de construir y mantener la confianza pública. Casi todos los autores coinciden que la confianza es materia prima esencial para el desarrollo y el progreso de los pueblos.

2. ¿Quién le cree a la narcoguerrilla?

Ni qué decir, en casos como el colombiano en donde la desconfianza es una pauta de convivencia y lo que se acepta como norma válida para las relaciones y el éxito es la que llamamos “ley del vivo”. El que percibimos que no “aprovecha” el momento o las circunstancias en provecho propio, para la mayoría de la gente es un tonto, un “pendejo”.

Más aún en casos en que sistemáticamente se hacen bien la tarea para construir desconfianza. Ayer oímos la notica que el Obispo Darío Castrillón que trabaja en Roma, cerca del Papa, ha tenido conversaciones telefónicas sobre la posibilidad de un proceso de paz, con el nuevo jefe de la narcoguerrilla de las Farc.

Quizá la gente se pregunte, ¿cómo creerles? Sobre todo luego que en el gobierno de Belisario Betancur aprovecharon su generosidad, y el resultado es que multiplicaron casi por cinco su tamaño y su capacidad operativa, pasaron de menos de diez “frentes” a más de 30.

¿Cómo creerles? Luego cuando mandaban decir que estaban listos para negociar y que sería clave una reforma Constitucional que acabara con el bipartidismo y abriera la política y después de la nueva Constitución de Gaviria, siguieron iguales.

¿Cómo creerles? Luego de la “Silla vacía” y de los más de 40.000 kilómetros de despeje que les cedió Pastrana, quien se jugó su prestigio y su gobierno a luchar por la paz, “hasta el último minuto de mi gobierno”. Y, en cambio aumentaron los secuestros, las voladuras y ataques a pueblos, asesinatos de concejales… y las minas “quiebrapatas”, los ataques terroristas, la droga…

¿Cómo creerles? Ahora que tiene tantos amigos en el exterior, especialmente en el vecindario, que de acuerdo con lo que informan las autoridades, están siendo protegidos por países vecinos, que mantienen los secuestrados en medio cercas de alambre al estilo de los peores vejámenes y crueles prácticas criminales. Ahora que tiene amigos que nos amenazan con guerra y que los defienden, que tienen tanto dinero producto de la droga y, aseguran, no están tan golpeados como sostiene el gobierno, y con un gobierno que como dice Uribe, lo único que les queda es la cárcel?

Al final, es un problema de confianza. ¿Quién les cree?

Bajo qué condiciones se les podría creer?

Bogotá, 13 ago. 09

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