Aug
17
2010
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Acabo de estar de nuevo Ciudad de Guatemala y participar en una serie de reuniones y eventos, con representantes de la academia, la empresa, la política, sectores profesionales, y medios de comunicación. Me quedó un grato sabor. La preocupación por un país que pareciera estar en una encrucijada, en un punto de quiebre, entre caer en picada hacia mayores niveles de pobreza e inseguridad, o alzarse como una potencia regional. Hay temor a que las cosas entren en un camino sin retorno. Es una lectura que parece bastante realista por el incremento de la violencia, impunidad, influencia creciente del narcotráfico, el inminente riesgo del traslado de mafiosos mexicanos expulsados por la presión del gobierno vecino, las dificultades y falta de liderazgo del gobierno, entre otras. Otro factor decisivo de este nivel de perplejidad de unos y de alerta de otros, tiene que ver con las elecciones para el 2011, pues se elige para la presidencia una persona proclive al “Chavismo”, a uno abiertamente opositor, de mano “dura”, o hay la capacidad de construir una alternativa racional y esperanzadora. La coyuntura en términos de la Cartera de Incertidumbres, se definiría como un escenario de “Futuros alternativos”. Que si no es A, será B, el cual a su vez se puede definir en nuevas opciones, tipo del juego “depende de”. Las tendencias parecen estar entre no más de tres alternativas: alguien del gobierno, alguien de fuerte oposición, alguien que encarne una opción que enfrente los problemas más que a los adversarios políticos. Ahí está el desafío, superar el proceso creciente en Latinoamérica de personalización de la política que nos lleva a pensar que alguno o alguna con magnificas intenciones, según sus discursos, podría ser el salvador, frente a lo que podría ser una opción de carácter más institucional. En Guatemala, por lo menos desde el punto de vista partidario y de opciones políticas, el asunto ha sido altamente personalista y variable en cada elección. Por vía de ejemplo, me contaban de un alcalde municipal que lleva 20 años gobernando y se ha presentado con cuatro o cinco partidos diferentes cada vez. Me alegra que me hubieran recibido con tanta amabilidad, y les agradezco la generosidad con que atendieron mis preguntas y mis charlas, centradas en una comparación, que a alguno podría antojársele descabellada: Guatemala vs. Japón. Veamos: - Guatemala tiene un territorio de 108.889 kilómetros cuadrados, Japón tiene apenas 2,5 veces esa extensión. - Guatemala tiene casi catorce millones de habitantes; Japón, casi 130 millones, nueve veces más - El PIB del país centroamericano no llega a 40 mil millones de dólares, mientras que el “gigante” asiático, pasa de 4,3 billones año, hasta hace una semana la segunda economía del mundo, superada ahora por la China - El ingreso per cápita en Guatemala es de US$2.622 al año, mientras que el de Japón es de US$33.668, lo que equivale a que los japoneses ganan en promedio en un mes, más que un guatemalteco en todo el año. Esta comparación tenía el propósito de preguntar, por qué los japoneses pueden estar en esos niveles de desarrollo y los “chapines”, como les llaman en Centroamérica no lo hacen. Al final, pareciera ser un fenómeno cultural, pero insisto que está en manos de la dirigencia el cambiar el panorama. No es un sino inquebrantable. Japón, a diferencia de Guatemala, no es un terreno extendido y continuo con acceso al mar Caribe y al Océano Pacífico, sino una colección de 6.000 islas, islitas e islotes, de configuración rocosa y volcánica, con menos del 2% de tierra aprovechable en la agricultura, que desde muchos años atrás se conoció como el “Imperio del Sol Naciente”. Guatemala fue el centro y cuna del imperio prehispánico de los Mayas, reconocidos hoy por su sabiduría. Cuando los niños japoneses están en edad de ir al “kindergarden”, antes que valores y competencias, aprenden que nacieron en un país rocoso, volcánico, de islas, que no produce casi nada y que, para no morirse de hambre, tienen que ir afuera, traer materias primas de otros, transformarlas y luego salir a vendérselas. Además, les enseñan que no lo puede lograr un solo japonés, sino con la ayuda de todos. Una gran diferencia con nuestros países en los que, desde pequeños, nos han vendido el cuento que nacimos en países ricos, lo que lleva a muchos a pensar que, o no necesitan esforzarse pues lo único que necesitan es exigir que les den parte de esa “riqueza”, o que su situación de pobreza se debe precisamente a que algunos se la roban. Con cierta sevicia, debo confesarlo, les dije que me sabía otra historia, la de Holanda o Países Bajos, que además de jugar un partido rudo en la final del mundial de fútbol, tienen menos de la mitad del territorio guatemalteco, la economía numero dieciséis del mundo, con ingreso per capita de más de 43.000 dólares. ¡El 80% de su territorio está bajo el nivel del mar! Y luego nos vienen a decir que Guatemala y los países latinoamericanos son países ricos. La buena noticia es que, con las personas que tuve el privilegio de compartir, se nota una auténtica preocupación por un futuro mejor, por buscar procesos de institucionalización y consolidación democrática, estimulando la integración y participación, pues además, son conscientes de la falta de acceso a oportunidades por importantes sectores de la sociedad y el proceso cada vez más crítico de violencia, criminalidad e impunidad. Hoy hay más muertes violentas que durante la guerra civil. Es tranquilizante que en vez de hacerse los de la “vista gorda” y tratar de pelechar y aprovechar el momento como si nada pasara, de actuar como jugadores de póker bebiendo champaña en el camarote, que no se dan cuenta que el “Titanic” va en picada, en vez de eso, las mayoría de las personas con quienes compartí, manifiestan interés en construir escenarios de actuación y participación sobre el futuro para ayudar a configurarlo, antes que reaccionar o soportarlo. Sería importante que las acciones de dirigentes y líderes sociales, empresariales y políticos, comunicacionales y hasta religiosos, se aborden sobre la base de aceptar la existencia de los otros y realizar un trabajo de equipo, en vez de pelearse entre ellos creyéndose cada uno más listo o con mejores “credenciales” que el resto. En vez de ir de Guatemala a “Guatepeor” como decía mi abuela hace ya largos años, este maravilloso país entre en la senda de volverse “Guatebuena”, porque definitivamente se puede afirmar que es un país de Gente Buena.
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